Partiendo de una base creativa en constante movimiento, el fotógrafo gallego Fran Añón se lanza al ruedo detrás de su aptitud más valiosa: eternizar los momentos, sellar ese instante que sucede una vez sin saber por qué, y que sin ninguna razón, se nos queda grabado a fuego.

Con nortes en su horizonte como el talentoso retratista estadounidense Richard Avedon o el peruano Mario Testino, el  artista de origen coruñés se volcó de lleno desde su adolescencia al infinito universo de los retratos movido en un primer momento por su afán de materializar en imágenes los recuerdos que con el paso del tiempo se van agolpando en los costados del alma.

Una vez que estuvo plagado de evocaciones y memorias, Añón descubrió su vertiente artística más natural en lo cautivante que se transformó la acción de captar el espíritu humano en tan sólo una fotografía.

“Pienso que la gente más corriente tiene una superstar en su interior. Esa que normalmente solo sacan cuando cantan en la ducha o cuando se miran al espejo y saben que nadie los está observando. Mi objetivo es capturar esa faceta que llevamos dentro e inmortalizarla en una gran imagen”.