Nacido en la ciudad de Buenos Aires a fines de la década del ’60 y formado en los ámbitos de enseñanza de artistas de la talla de Guillermo Roux y Juan Doffo, Gabriel Sainz simboliza uno de los retoños más creativos del arte plástico de la Republica Argentina.

Plasmando su visión del mundo en cada una de sus obras, el artista fue delineando lentamente sus primeros trazos en el universo de la pintura y con una minuciosa sensibilidad por lo natural logró amalgamar en sus piezas el devenir, a veces caótico, de la humanidad, marcando las distintas implicancias que trajo consigo el progreso de la existencia y propiciando en el público el surgimiento de un sinfín de interpretaciones.

De este modo, el artista plástico se zambulle de manera espontánea y con plena independencia en la profundidad de cada una de sus pinturas, privilegiando, sin rodeos, la sinceridad de los rasgos artesanales por sobre cualquier síntoma estético que denote automatismos y la reproducción de recetas artísticas ya utilizadas.

Apelando así a la preponderancia de gestos humanos innovadores que impregnen de originalidad al derrotero creativo de un artista plástico, Sainz elige trabajar sin bocetos ni esquemas preestablecidos que señalen los rumbos a tomar y fomenta la puesta en valor de aquellas pinturas que den cuenta de estimulantes actos creativos basados en la naturalidad y las imperfecciones de lo manual.

Un comienzo

Pasados sus treinta años, Sainz decidió abandonar todas sus actividades formales y dejó fluir a su indudable vocación de pintor, oficio que fue adquiriendo con el paso del tiempo hasta llegar a convertirse en uno de los artistas de mayor proyección de su país: “Siempre estuve pintando, solo que a esa edad tomé la decisión de abandonar otros trabajos y otros estudios pues supe y sentí la convicción que mi destino era ser pintor, no otra cosa. Como en el amor, uno debe ir tras esa luz, seguir esa certeza y asumir sus riesgos para no ser alguien que toda la vida diga «no me animé». Aquí estoy aún sosteniendo ese sueño con trabajo cotidiano, tal cual dije: como un amor entre dos personas”.

Rasgos propios

Con la constante evocación de quienes fueron sus profesores en el inicio de su carrera, el artista se encuentra actualmente al frente de diferentes talleres que lleva adelante en distintos puntos de la Argentina. Bajo este rol, aporta a sus alumnos los aspectos formales de la disciplina y fomenta el surgimiento de las búsquedas artísticas más genuinas en cada uno de ellos: “No me reconozco en la imagen de mis alumnos sino más bien en lo contrario, porque mi trabajo es hacer surgir en cada uno de ellos su voz propia, dándole antes las herramientas formales para que cada uno tenga si identidad. En todo caso me reconozco en la búsqueda y en el trabajo constante, en mantener la pasión por esta actividad y acompañar, sostener y agrupar personas que tienen sentir e inquietudes afines”.

Ser independiente

Sin dar lugar a condicionamientos que direccionen su camino artístico, el pintor porteño no atiende los tiempos ni las obligaciones propias del mercado y elije desandar su obra en forma independiente, desarrollando así toda su creatividad sin ningún tipo de ataduras ni imposiciones: “Ser independiente en la pintura es no tener un contrato con un mecenas, marchand, art dealer o galería que pueda condicionarte, que influencie a tomar decisiones sobre tu trabajo, que pueden ir desde fechas, lugares y cantidad de obras para una exposición hasta sugerencias pictóricas, a cambio de asegurarte el sustento. En torno a las obstáculos que se deben afrontar, las dificultades de la libertad absoluta las sintetizo con una frase de Anatole France: «todos los pobres tienen la libertad de morirse de hambre bajo los puentes de París»”.

Libertad

Además de su particular manera de vincularse con el arte, otro aspecto que marca la obra de Sainz se encuentra emparentado con el hecho de trabajar sin bocetos previos ni reglas preestablecidas, factores que indudablemente distinguen a sus distintos trabajos y permiten reflejar los talantes más libertarios de sus creaciones artísticas: “Es el modus operandi que fui adquiriendo con los años de trabajo, la forma de trabajo en el que me encuentro más cómodo, cada uno tiene la suya. Más que libertad, es la única manera que tengo de avanzar sobre cada una de mis pinturas”.

Intercambios

A partir de un trabajo realizado para el último disco del cancionista patagónico Lisandro Aristimuño, el artista plástico ha recorrido diversas ciudades argentinas con la muestra “Anfibios”, exposición que pone de manifiesto un innovador cruce interdisciplinario, que incluyó múltiples intercambios estéticos y el surgimiento de inspiradoras miradas compartidas: “La pintura es un oficio solitario, a diferencia de otras disciplinas como la música, el cine, el teatro, etc. Nos pasamos mucho tiempo en la soledad del taller guiados por nuestros deseos, gustos y obsesiones individuales en el desarrollo de cada trabajo. En estos casos, que son la excepción, tenemos que trabajar en conjunto, compartir el proceso creativo, consensuar, ceder, algo que en sí es muy enriquecedor”.

El valor de los sentidos

Abriéndole camino a los sentidos, Sainz privilegia las implicancias emotivas del arte y apela al desarrollo de genuinos instantes de contemplación basados en una percepción libre y la permeabilidad a nuevas experiencias: “Me gusta cuando la obra te atraviesa, cuando te llega a través de varios sentidos. Pienso en el tacto, hay algo que te sucede en las palmas de las manos, también hay sonidos, fragancias, pero no voy a buscar eso, con suerte a veces acontece. Recuerdo que algo así me sucedió de chico en el Museo Nacional de Bellas Artes y fue tal la sensación que ha sido uno de los motivos que me llevó a elegir este oficio. En síntesis, me interesa que las cuestiones formales sean superadas por la emoción, algo complejo de poner en palabras”.

Por Lucas Benjamin